Los viejos y los nuevos acuerdos comerciales

Del proteccionismo a la desconfianza del consumidor

Ni de izquierdas ni de derechas. Se dice que la auténtica línea divisoria en la política comercial es ahora entre los liberales que defienden mercados de puertas abiertas y los nacionalistas partidarios de levantar el puente levadizo. Tal vez se trata de una frase exagerada, pero los golpes de bastón que está recibiendo el comercio internacional a ambos lados del Atlántico sugieren que tiene algo de cierto. Nigel Farage y Marine Le Pen, los líderes de los partidos populistas de derecha en el Reino Unido y en Francia, respectivamente, parecen proceder de la extrema izquierda cuando rechazan acuerdos como el Ttipia. Esta propuesta de acuerdo comercial entre la UE y EEUU es percibida como una cuña que sólo favorece las grandes corporaciones. Las declaraciones recientes de Donald Trump ( «No es el libre comercio, es el comercio estúpido») se parecen mucho a las de Bernie Sanders, el socialdemócrata que está frenando el camino de Hillary Clinton hacia la Casa Blanca.
Por qué el comercio se ha convertido en el chivo expiatorio? En parte porque se ajusta al estado de ánimo antielits. Los acuerdos comerciales los cocinan oscuros burócratas sin tener en cuenta los Parlamentos. Las posiciones negociadoras esconden los votantes. Habría que atribuir más responsabilidad por la inseguridad laboral a los profundos cambios económicos que han llevado la tecnología y un incremento de la competencia. Pero es más fácil manifestarse contra la mano de un político que firma un acuerdo comercial que contra la mano invisible de la globalización.

 

Existen diferencias relevantes en la forma en que diferentes sectores de Europa y de América se oponen al nuevo tratado transatlántico: en la UE, la oposición al Ttipia viene especialmente de Alemania y Austria, dos potencias exportadoras con un bajo nivel de paro. Los miles de manifestantes reunidos hace pocos días en Hannover mientras Obama intentaba infundir energía a las negociaciones, ahora en baja forma, o los ciudadanos holandeses reuniendo firmas para someter el Ttipia a referéndum no son acciones contra la pérdida de puestos de trabajo, sino contra la codicia de las multinacionales y contra la rebaja de los estándares medioambientales y de calidad de los productos que creen que el acuerdo puede comportar.

Globalizacion

Pero en EEUU el mensaje contra este acuerdo comercial resuena más fuerte en regiones postindustriales, que se vieron gravemente afectadas por el NAFTA, el acuerdo de liberalización comercial alcanzado en la década de los 90 con Canadá y México, así como por la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio, en 2001. Estos hechos provocaron enormes pérdidas de puestos de trabajo, ya que las empresas estadounidenses lucharon para competir con las importaciones baratas. El propio Obama ha reconocido que hay que hacer más para los perdedores de la globalización.

 

Pascal Lamy, que ejerció de Comisario europeo de Comercio antes de ser director de la Organización Mundial del Comercio, entre el 2005 y el 2013, distingue entre los «viejos» y los «nuevos» mundos de los acuerdos comerciales. El viejo mundo, dominado por los productores nacionales, iba sobre la apertura de mercados y la reducción de aranceles. En el nuevo, el objetivo es reducir las diferencias entre los conjuntos de normas nacionales o regionales que dificultan el comercio en un mundo de producción transnacional y largas cadenas de suministro. En el viejo mundo, los negociadores se enfrentaron a los productores, que buscaban la protección de la competencia internacional. En el nuevo, los funcionarios tienen que lidiar con los consumidores, que tienen miedo de que las normas nacionales sean aguadas.
La controversia sobre el Ttipia en Europa se centra en el respeto a los estándares de calidad y seguridad europeos y en la cooperación a la hora de hacer las reglamentaciones. Angela Merkel, David Cameron y Matteo Renzi profesan su apoyo al Ttipia, pero todos han dejado de lado la tarea de «vender» este acuerdo a los burócratas de la Comisión Europea. Una demora en las negociaciones podría suponer un nuevo presidente de EEUU, un nuevo Congreso, un nuevo negociador comercial y, muy posiblemente, un nuevo conjunto de prioridades. Las elecciones francesas y alemanas del próximo año también podrían causar problemas. El terreno de los nuevos mundos exige diestros navegantes. Pero ahora mismo no son a la vista.